martes, 31 de agosto de 2010

Lo que se ha perdido al pasar




Ponerme a recordar
Hoy es un martirio,
Saber que lo que ayer
Fue bello, ahora se ha perdido.
Tener recuerdo es algo extraño,
Es esa cosa que se odia y se ama,
Es eso que te pasa cuando estás solitario,
Sin nada que pensar, tirado en la cama.
Es añorar los años que se han ido,
Es vivirlos de nuevo o es tratarlo,
A veces eso va por mal camino,
A veces el volver es vano.
A veces mas vale añorar
Y pensarlo como bellos momentos pasados,
Antes que tratar de encontrar
Estos momentos ahora, y arruinarlos.
Sé que todo cambiará también mañana,
Esto que ahora veo y toco,
Mañana será otra historia recordada,
Será dicha en veladas, entre el antojo.
Sé que los que cambiaron
Para bien o para mal,
Lo han hecho ya,
Y, a veces, sin alboroto,
Sé que ellos tampoco volverán,
Aunque presentes ahora estén,
Ya no son los mismos de ayer,
Ellos son otros.

aprender

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Dolor, creció
Mas no se fue,
Creció, voló,
Mas no cayó, mas no se fue,
Siguió, siguió,
Sobrevolándome,
Dolor, creció,
Mas no se fue.


ciudad de tormentas de siglos




“Después vi a un ángel que estaba de pie sobre el sol y gritaba
con gran fuerza a todas las aves que volaban en el cielo: ‘vengan a
reunirse para el gran festín de Dios, para devorar la carne de los
reyes, de los grandes capitanes, de los poderosos, de los caballos
y de sus jinetes; la carne de todos, libres y esclavos, pequeños y
grandes.’
Apocalipsis 20. V 17-19


Los cuervos ya vienen
Son montaña negra
Son nubes negras
De tormenta y plumas secas
Azabache color traen con ellos,
Oscuras sombras pavimentan
Nuestra ciudad y nuestras ropas
En su paso de marcha lenta
Y fúnebre con melodía triste,
Pero no se preocupen,
Es costumbre francesa,
Dejaran al muerto en su ataúd,
En su tumba
(a nosotros, los muertos)
y se irán tocando trompetas
con la felicidad en sus ojos
y chillando a viva voz
mientras sostienen nuestra mirada
en sus garras ensangrentadas
de tumbas y muertos flojos.

el circo





El circo ya marchó,
Quedan las cenizas,
Las luces encendidas, esas lamparitas,
Solo recuerdos enceguecidos,
Mientras los caballos entrenados
Ya resbalan en el fango,
Y el elefante salpica llanto,
Y come excremento de mono,
Y el niño salpicado,
Llora lagrima de oro,
El león raquítico,
Come huesos de huesos
De perros callejeros,
Y las llamas y guanacos,
Entre su lana y su escupida,
Van arrullando al pequeño,
Que llora en brazos de su madre,
De dientes cariados y pelo de escoba,
Y el tigre pobre, sin rayas,
Se lame la cola
Cortada por la furia
Del domador tirano,
Y la carpa se escapa,
Por entre los cables y árboles,
Entre el viento y el humo,
Entre los pastizales,
Y la carpa ya baja
Como velas de navío
Sólo que el agua salada
No refresca a los gitanos,
Y ni el acordeón y la guitarra,
Pueden hoy hacer algo,
Las cenizas se expanden,
Y empañan las luces resecas,
Que se van desprendiendo,
Del follaje baldío,
Donde la basura luego
Mostrará su señorío,
Y los vendedores de dulces,
Ya regresan a sus casas,
Con el pan y el vino,
Y con los niños sin dulces
Que recorren por las calles,
Y el circo ya se aleja
En lenta marcha fúnebre,
Y acompañando al cortejo
El cielo enciende sus luces
De enrojecido pigmento
Para empezar el desaire
Por el rey que hoy ha muerto,
Y los gitanos le cantan,
Y no son ni mañanitas ni sonetos,
Le cantan frías baladas,
Le cantan requiems funestos.
El llanto se entrelaza
Con la constelación del horizonte
Y trae estrellas bostezadas
Por el exhalar de febo,
Y sus pulmones dilatados
Que buscan desesperados
El aire que ya no llega,
Espira y espira solo,
Y espira brisa
De agujas y remolinos
Exhaustos.
El circo ya acaba,
Ya el barro salpicado
Trata de tragarse
A los pobres seres,
Resbalando y chapoteando,
Los animales proceden,
El león sin dientes gime,
El tigre triste muere,
El elefante sin jungla, danza
Entre el alarido del hambre,
Y los pobres sujetos
Entre un patético vals,
Entre cigarros incrustados en sus encías,
Van despedazando
La carne de la carpa
Como aves carroñeras
Y desabrochan las lámparas
De entre los postes y el cielo,
Donde lloran los muertos bichos
Y llora el grillo su denso
Lamento de violín
Desafinado por el viento.
El circo se va,
Ya la noche entra,
Va ocultando luces,
Entre las calles y puertas
Con su salamandra de calle de piedra
Incienso de nieblas
Y olor de los pastos mojados
Y las bolsas de consorcio
Repartidas entre el barro,
Y la fiebre de los payasos
Que llorando se pelean
Con fuerza y con odio
Como fieras por su hembra.
Y el niño y su barrilete
Que ya se estanca en el suelo,
Observan el triste llanto,
Que el espectáculo muestra
Los niños con ojos de inocencia
Ríen por el tropezar violento
Del pequeño pony tuerto.
El circo ya muere
Las cenizas se acabaron
Esas llamas encendidas
Eran reflejo de vida
Y reciclaje del canto.
Circo, ya espinazo de pescado
Llevado por la boca
Del gato oscuro
Que se despliega estilizadamente
Por todo el poblado,
Con cascabel de lucero,
Con colmillos que brillan como garras,
Con pelo de estrellas,
Y galaxias lejanas,
Y ese circo ya no es,
Y ese circo ya muere,
Los gitanos le cantan,
Canción de cuna hacia la muerte.

El circo sabía,
Los equilibristas no resistirían,
La tensa soga ya está podrida,
El mago sin conejos ni pañuelos,
Con cartas marcadas
Y galera agujereada,
Ríe y deja ver, entre sus dientes,
El racimo de magia.
El circo ya sabe,
Y no tiene última morada,
No tiene coronas ni cirios
No tiene póstumas palabras.
Su llanto se esfuma,
Entre el humo del tabaco armado,
Entre el hedor de la sangre
Que rumian las llamas,
Entre el excremento lanzado
Por cafeinómanos macacos.
El circo ya fue enterrado,
La luna se ocultó de pena,
Aullaron los perros del barrio,
Los niños no tuvieron sueños,
Y a la mañana temprano
Al ver la ausencia en el lugar,
La desilusión
Fue un vacío amargo.
El alma circense sigue
Entre los corazones de los enamorados,
Entre el payaso que deja mostrar sus muelas,
Y que resbala entre las carcajadas.
Y el domador de chasquido seco
Y silla sentada,
En jaula de león furioso,
Casi con rabia
Entre las fauces del tigre
Y la trompa del elefante,
Entre el hilo de la vida parca
De los trapecistas
Entre los circos del mundo,
Y los recuerdos que quedan.

sé que no




La vida es larga o no,
La vida es larga,
Ya que el corto plazo de hoy
Puede mandar tropas a la carga.

Todo es igual o no,
Todo es igual,
Los agostos, los octubres, el amor,
La juventud, el desamor, la oscuridad.

Todo muere o no,
Todo muere,
El suburbio, los viejos, la flor,
Las plazas con color, las mujeres.

Todo es lo mismo o no,
Todo es lo mismo,
El mal, el bien, el cerebro, el corazón,
El estar, el no estar, el cielo, el abismo.

Vamos por la misma senda o no,
Vamos por la misma senda,
Vos y yo,
La vida y la muerte, el desenfreno y su rienda.

martes, 17 de agosto de 2010

Poema de los tiempos:






Los tres en el bar,
Calaveras de sonrisa
Inevitable,
Fumando,
Tomando cerveza,
Contemplándome
Como en una foto,
Igual mi primer amor,
Con cráneo, aún
Con pelo castaño,
Ropita alternativa,
Bufanda,
Que sostiene sin embargo
A su perra
Con mano esquelética,
Es el pasado,
Lo pisado,
Ya tierra,
Ya viento que pasó,
Sopló, pegó
Y se fue lejos,
Qué bellos esqueletos,
Qué relucientes
Cuencos vacíos
Observaron
Ese tiempo,
Qué bella articulación
Forjó,
Obró
En esos paisajes,
Qué hermoso cadáver fui,
Limpio, terso,
Sin moscas,
Sin gusanos,
Pero no hay nada
Que no cambie,
Y no hay nada
Que no se acabe,
Y no para,
No deja
De pasar,
De fluir,
Ya
Soy otro,
El que empezó esto
Ya es
Parte del viento,
Cuando a alguien llegue
Seré solo silencio,
Cuando termine esto
Seré un muerto
Que te parla
Y que podés
Cruzarte aún
Como un fantasma.

FURGÓN:


El furgón, no se si el mas interesante, pero eso si, el que mas conozco, es el que se toma acá en quilmes, todos apretados, todas las bicicletas, todos hablando, es un quilombo.
Hay de todo, hay tipos que se levantan re temprano, y otros, que borrachos, no duermen hasta las 7 de la mañana. Mucho contraste entre la gente que viaja ahí, aunque en pantallazo general parecieran todos iguales, pero uno no haría nunca nada de lo que haría el que esta sentado o parado al lado de él.
Hay un montón de pibes de mi edad o un poco mas grandes, trabajan de lo que yo laburo, son mensajeros, y entre nosotros hay una relación de verse siempre, de tomarse una cerveza. Los conoces de ahí, de viajar en el tren, y luego te los cruzás, los saludás, constantemente, en esa ciudad terrible, vos solo contra toda la ciudad, pero por lo menos tener alguien a mano, es bueno.
Los viernes, generalmente a la tarde, a las 6, en Avenida de Mayo y 9 de Julio, se juntan todos los mensajeros a escabiar y fumar algo. La plazoleta se llena de motos, de bicis y de gente, y cuando pasan los colectivitos con los turistas que desde las ventanillas les sacan fotos, ellos se ponen en pose.
El lugar está bueno por que es chico, si alguien le esta contando algo a otro que está al lado, lo escuchan todos, aún queriendo o no, lo escuchás, si estás ahí, ya está. Escuchando te enterás de un montón de cosas, de personas, y conoces la personalidad de cada uno, a que se dedican, si tienen familia.
Conocés gente. El primer chabón que conocí, yo hacia un par de días que laburaba, como mucho, una semana, y este sube con la bici, y veníamos de constitución yendo para el lado de Quilmes. Nos pusimos a charlar en el camino. Lo acompañé, dejó el sobre (también era mensajero) nos fuimos después a una plaza y nos quedamos tomando una cerveza. Me contó que había estado en cana y otras movidas re heavys. Era extraño. Había un tiempo que desaparecía y después volvía a aparecer, reaparecía y desaparecía de vuelta. Fumaba paco mal, era un personaje siniestro, siempre tenía un humo negro alrededor, salía de ahí una energía muy oscura. No pude saber mucho de su vida, nunca me contaba nada de él y yo tampoco nada mío. Desapareció un día, y no lo encontré nunca más.
Los Tipos viajan, nunca supe si con bicicletas o no, pero eso si, están siempre en el furgón. Se ven todos los días, se esperan en las estaciones o para encontrarse, se toman el tren a tal hora, por que antes subió Juan Pérez. Tienen una gran coordinación y asi viajan siempre juntos. Se acomodan, en un lugar x, sacan las cartas, 4 o 6, como en una rondita y juegan todo el tiempo y el partido se termina porque Los Tipos se van bajando, hasta que se baja el último. Se van descartando. Se baja uno, se bajan dos, se van cuatro. Son del furgón de la línea San Martín que va para el lado de pilar, San Miguel. Si vos subís con la bici, no le vayas a decir que te den un lugar para acomodarla, por que te mandan a la mierda, tomatelas, vía, te la tenés que comer. Toda la ubicación de las bicis depende de donde se pongan Los Tipos, porque a Los Tipos no los movés de ahí.
Yo te digo lo que me pasa a mi. El símbolo que tenia de la bicicleta, antes, cuando era chico, era dar una vuelta por ahí, joder, te despejabas, estaba bueno. Ahora es una relación distinta, es con lo que estas todo el día. Estar nueve horas encima de eso, te hace empezar a detestarla, pensando todo el tiempo en la bicicleta, que se va a romper, que se va a pinchar, y cuando llegas a tu casa, ya empezás a pensar en el otro día, me anda mal esto, me anda mal lo otro, qué tengo que arreglar, ya te empezás a maquinar la cabeza.
En todo el resto del tren, no se habla, pero en el furgón, la bicicleta es un nexo, todos tienen una, y todos los días nos vemos, a lo sumo, día por medio.

Viejo amigo:


¿Te acordás,
viejo amigo,
de las calles
de tenues luces,
el arca de Noé,
la venus- flácido culo
que el viento deja ver
levantando su talle?
Y ahora por estas calles
Llenas de carteles,
Amarillos, rojos, verdes,
Azules y a sólo 49,99,
Hitachi,
Frávega,
Y tantos que ríen
En sus autos,
Y tú triste
En la parada de la espera,
Y el semáforo es Polifemo,
Iracundamente carmesí,
Escarlata apasionado,
Y ¿ Te acordás,
Hermano del alma,
De la carne joven,
De la risa altiva,
De la música viva?
Ahora, escucho
MP3s de Dylan,
Y vos por ahí, persecuteando por la trulla,
Dándole unas monedas a la nena de la
Ventanilla del subte entrás
A la boca de Constitución
Para llegar por la laringe,
El esófago,
El estómago,
De la capital,
Porque en tal parte
Del laberinto,
Vos sos minotauro
Enfermizo
Riendo a carcajadas
Buscando tu ansiado
Tesoro florido
Que te lleve alto,
Vuelo trasnochado,
Hasta los huesos
Alas se vuelven,
Plumas del trino.

Los morfinómanos


I

Me hacían ver lo bien que estaba yo, era una mierda pero era así.
Primero pinchaban la ampolla de morfina y presionaban la jeringa. Luego, le sacaban el aire y con un elástico apretando el brazo, buscaban la vena. Cuando se veía asomarse la roja sangre en la jeringa, ya sabías que estaba adentro. Después, se ponían un cicatrizante en pomada como si eso curara todo, tapaba todo y ya estaba.
Yo los observaba como quien ve un circo- un ritual- una profanación. No sé como describirlo, era perder la inocencia.
Verlos picarse de esa manera, cada 20 min., a veces menos, era tan absurdo, se iban por un instante de felicidad, de calma. Entrecerraban los ojos, dormían en los asientos y me daban el diálogo de los párpados caídos.

Odiaba a las mujeres que eran más comunicativas, más sociables que yo, que hablaban con cualquiera, se ponían a charlar en la calle, en todos lados por cualquier excusa. Amaba más a las similares a mí, antisociales, más freaks, como quien dice.
Pero Vero era una excepción, tal vez sumado a que era la novia de mi mejor amigo, una extraña atracción, un vicio maldito por desear el asno ajeno.
Ella me hablaba de unos libros que estaba leyendo. Yo, mientras tanto, tomaba pala para aventajarlos un poco, pero era tan absurdo, yo levantaba y ellos bajaban, como un subi- baja monomaníaco. Me quedaba acomodando libros que no podía ni hojear, trabado por la ansiedad enfermiza del final en que me ponía la blanca, ubicándolos en la biblioteca, buscando nuevas formas, por autor, por género, etc.
Me hablaba de Huxley, de “La filosofía de lo llano”.
Él, Emi, entre tanto, estaba con la cabeza recostada en el respaldo de la silla, mirando boquiabierto la nada del techo. Ella, en cambio, se iba a picar al baño, fuera del exhibicionismo de su dependencia.
Yo le recomendaba a Burrowghs, “El almuerzo desnudo” y le decía que les iba a ayudar.
Me daba otro pase y miraba a Emi. Recordaba lo que me había contado, que la primera fue intra- muscular, pero que su primer pinchazo, el verdadero, se lo dio un amigo enfermero que sabía ponerlo bien, ya que Emi era empleado de farmacia en una clínica del centro. La segunda, por la impresión que le daba aún, ( yo no podía creer lo que hacía, me dolía a mí, pincharse diferentes partes del brazo, me hacía doler el ombligo) se la mandó, al no animarse en otro lado, en la nalga, bajándose el pantalón.
La primera sensación era que te apretaban los hombros y luego, te soltaban y una hermosa tranquilidad te recorría todo el cuerpo, lo envolvía, se ponía tierno, mimoso, fuera de esa ansiedad que siempre lo hacía estar incompleto, agridulce, cuasi- mal, y lo mejor de todo era después de trabajar, ¡ Podía dormir sin tanto noctambulear de insomnio!
Esta merca que tomaba me la había conseguido él, un contacto oscuro que tenía en la clínica, afín a la morgue y a los abortos.
Cuando cabeza de adormidera resucitaba de entre los muertos, me contaba lentamente que en los pies re dolía, lo quería hacer ahí para que no se vieran las marcas, pues en un pico se había movido y ahora tenía todo negro una parte del brazo y, en la clínica con el aire acondicionado, debía andar con el hampo de mangas cortas.
Luego, volvía a su amado ritual de golpear suavemente la ampolla de morfina buscando la burbuja de aire mortal que debía extraer. Me miraba y la miraba. Me decía:
“ Lo que pasa, Adri, es que pasé por todas las drogas buscando esta sensación, a la que sólo el opiáceo me hace llegar. Me hice mierda los pulmones y la nariz hasta que la encontré, intravenosa es más saludable, llega de una a tus venas sin tener que pasar por otras partes.”
Yo sólo lo miraba. No podía entender como podía decir que no le hacía nada malo, hasta yo sabía que lo que me estaba mandando por la nariz era dañino, pero era un autodestructivo de mierda, pero hasta ese extremo no, ni un aro me había puesto en mis años de rebeldía adolescente, si me destruía era por dentro, “ Todo va por dentro” decía y ni siquiera me disfrazaba para salir, con mis ideas ya estaba. Prefería pensar a hablar.
Estaba leyendo mucha mierda mística y no sé como encajaban esas jeringas en todo eso pero así era, claro que el fluido tenía algo que ver, esa sensación era su divinidad.
Tenía unas ojeras horribles, que daban impresión.
Después de repetir el rito, él se rascaba la espalda, se la ponía roja tras el suéter de lana. “¿Qué tengo?, ¿Qué tengo?” le decía, mostrándole. “¿Seré alérgico?” preguntaba al aire, “Ojalá”, le decía ella.
Inyectaba cualquier cosa, un tomate, una mandarina, para joder, era un niño aún, jugando con azufre ardiendo.
Al despedirme, me dijo que había averiguado y recién con quinientos miligramos comenzaba la dependencia física, como justificándose, y yo le dije que tuviera cuidado, que a eso se lo daban a enfermos terminales, a los que estaban de última, en el suero, de a poco, hasta que la palmara, pero él lo sabía mucho mejor que yo y volvía a saludarme, como sabiendo bien lo que haría.


II


Llevando unos medicamentos a la sala dos, a través de una puerta entreabierta, la vio por primera vez. El sol la traspasaba con su brillo de oro que regalaba como avaro antes de morir, para salvar su alma.
Al lado de la joven enfermera, una antítesis que sólo puede generar la vida, una anciana vegetativa yaciendo en una cama.
Se conocieron en los pasillos. Una pregunta tonta, un cruce de la cotidianeidad, un beso robado.
Ella era diabética, él le conseguía la insulina en el puesto de farmacia. Allí también se suministraba de lo que devolvían de las camas.
Emiliano amaba el ritual. Siempre volvía a su comunión con la aguja que tanto le divertía.
Golpear la ampolla, limarla, escuchar el crujir del vidriecito, atarse con el lazo o con el cinturón con marcas ya de sus dientes, ver la putita burbuja que significaba aire en la jeringa y luego de hacerla desaparecer, buscarse la vena y si duele, sabés que no es ella y, cuando la embocás, tenés que ir vaciándola de a poco, soltar la mandíbula que sostiene el cinto y después, sentir como Morfeo te empuja los hombros hasta abajo, hasta sentirlo todo en las piernas, en todo el cuerpo, ese instante de belleza, de felicidad que relaja el ansia constante de esa mente enferma.
Después de un tiempo, Verónica, más acostumbrada, a su pesar, que él a pincharse, también imitó el ritual de su ya novio, picándose con morfina.
Vivían en una casa en el centro, una herencia del abuelo de Emiliano. Esto producía envidia y resentimiento por parte de sus familiares, tíos, tías y primos que por lo visto no se conformaron con lo que les dejó a ellos, y para colmo, metiches como eran, ya sabían en la condición en la que se encontraba Emiliano, un adicto, una mancha para la familia.
Esto generaba la constancia de los parientes que golpeando insistentemente la puerta, recién luego de 20 minutos de su negativa de abrirles, se iban. Detestaba como miraban con deseo esa casa cuando entraban, como hablaba su tía Roberta, haciéndose la que le importaba tanto, que su salud era lo más importante, que su vida valía más, pero él sabía que en verdad lo querían muerto porque esa casa en el centro valía más que las de ellos, en zonas más periféricas. No les haría ese favor. Pero seguía aflojando la mandíbula mientras el rostro se distendía.
Un día, Raúl lo fue a visitar. Era un amigo del barrio, estaba pegado con la ketamina, sólo le faltaba relinchar. Se daba y se daba con keta, se bajaba un tarro por día, ya no le pegaba y metía más y más pero no cambiaba las agujas que oxidadas por la humedad del fluido, le habrían la carne, una línea roja que llegaba a un dedo gordo hinchado al extremo.
Ella, intentando curarlo, le dijo en tono de madre que debía cuidar su higiene personal, que no fuera tan despelotado, pero luego, tratando de no mostrarse preocupada, le dijo que fuera a un médico, que podía ser tétanos. Raúl le dijo que ya había ido pero el tipo quería que se arremangara y él le decía, nervioso, que sólo era el dedo, sin corte ni rasguño, y salió de allí, alteradísimo.
Al irse Raúl, Emiliano le dijo a Verónica que ese no se sabía cuidar, que se daba siempre en el mismo lado, el mismo brazo, que lo iba a perder si seguía jodiéndola.
Luego de un rato, el timbre molesto. Era su primo o su tía. Eran las horas en las que venían a lanzar sus sermones, a mostrarse compungidos, a ver que tan mal estaba, cuanto más le faltaría, cuanto quedaba de él todavía.
Cuando lograban interceptarlos el peso era inmenso. Aunque buscaran no darle importancia, la culpa heredada, la muerte siempre alarmante de sus palabras, el desprecio que se traslucía entre la lástima, los atormentaba. Ella abría o cerraba con veloces movimientos la puerta, haciéndose la sorda, con rostro cabizbajo. Él, en cambio, con una mirada molesta decía: “ Bueno...bueno”, “Sí, puede ser”, para luego comenzar a caminar o entrar en la casa, dependiendo de en que momento los habían encontrado.
Pero entonces, sucedió lo que nadie esperaba. Verónica descubrió en el baño que tendría un bebé.
Emiliano se enteró luego de la guardia. Comenzó a caminar por la habitación, sentándose y volviendo a andar, no podía creerlo. No se lo sacaría, decidieron tenerlo.
Ella debía dejar un tiempo de picarse hasta que naciera el bebé. Él la respaldaría en todo momento. Se picaría a escondidas, para no tentarla.
Un día, llamó la prima del campo, como le decía Emiliano. Era de lo mejorcito de sus parientes, no los molestaba ni tampoco pronosticaba el Apocalipsis venidero. Le salió, no pudo reprimirse en sus palabras, y le contó del nuevo familiar.
Sin saberlo, inició la debacle. Luego de eso, sus parientes más cercanos, en territorio, no en afinidad, comenzaron a caerle uno a uno a disparar sus reprimendas, sus negativas, sus refutaciones, le decían que ya habían hecho un gran debate en el living del tío Julián y todo, como si el hijo fuera de ellos y también de ellos la decisión de darle vida. Se volvió insoportable. Golpes a toda hora, como para que reflexionaran. El peso de los parientes era demasiado. “¡¿Cómo pueden traer una criatura al mundo en esas condiciones?!”, “!Es una barbaridad!”, “!Son unos enfermos!”.
Pero sus palabras eran vacías. No soportaban sus sermones. Emiliano le decía a Verónica que no llorara, que no valía la pena.
Sólo la prima los convenció a irse de allí, invitándolos a su casa en un pequeño pueblo de las afueras, queriendo alejarlos de los círculos médicos donde conseguían la sustancia. Querían escapar un poco de la metódica ciudad, del ciclo cerrado de esa vida, pero más que nada, ellos aceptaron para poder huir de las presiones terribles de esas familias carroñeras que veían en su hijo al nuevo competidor, cuando pensaban que su único adversario caería pronto. Esto ya no daba para más.
Subidos al micro de larga distancia en una mañana de sábado, Emiliano le señaló a Verónica un auto volcado en una ancha avenida, con sus pedazos astillados brillando al sol, y pasando detrás, una maratón cerca del planetario. Estaban dejando a la loca y multifacética ciudad atrás.
Por la noche, los dos demonios llegaron al paraíso.
Ya en el pueblo, llamado Funes, fueron a la casa de su prima. Era un pueblo tranquilo, donde el tiempo se detenía a tomar una copa para luego proseguir su marcha al atardecer.
Después de unos meses, nació el niño.
Nadie sabe a ciencia cierta por qué, si fue porque se consideraban pecadores o condenados o por un tema de Barón rojo que a Emiliano le gustaba, pero ese niño se llamó Caín.
Su prima vivía sola, era viuda y ese niño simbolizaba un universo de compañía. Fue la alegría, contagiaba sonrisas en la pequeña casa.
Sin embargo, ellos iban a buscar las encomiendas de su amigo Javier, el enfermero ( al que nunca le dijeron de la venida de un hijo), que religiosamente les proveía la morfina y ellos la guardaban con cuidado, en cajas separadas de las agujas ya usadas, arriba del armario.
Ellos consiguieron nuevos empleos en el pueblo. Él, en una guardia nocturna, lejos de la droga, y ella, volvió a cuidar ancianas con poca arena en el reloj.
El niño fue creciendo de a poco mientras sus padres iban anclándose más y más en la adicción. Su prima terminó haciendo de niñera, y no sólo cuando ellos trabajaban.
En un día del Niño en Funes, en la casa de unos vecinos, entre el bullicio de los críos, su hijo incluido, Emiliano no podía aguantarse y con Verónica como campana, se inyectaba en una pieza.
Javier, cuando no les conseguía morfina, les enviaba codeína o nubaína.
Ellos veían corretear esa vida pequeña que habían originado, pero se entrecortaba entre las sensaciones volátiles del viaje intravenoso.
Un día, Emiliano, sentado como siempre en su sillón del ritual, se quedó duro. A Verónica, al verlo, se le heló la sangre y fue tanto el terror que la inmovilizó, quería llamar a una ambulancia, no tenía ningún número, ¿ Cómo podía ser, ellos que trabajaban en una clínica? Pero si le veían los brazos no le iban a dar bola, para los médicos eran lo peor, unos idiotas que se hacían daño a sí mismos, aunque recordaba a ese psiquiatra que medicaba y todo y terminó en un psiquiátrico por la keta porque pensaba que no se le iba a ir de las manos pero quedo pegado. Y todo eso pensaba al mismo tiempo que repetía “Emiliano” alteradísima, golpeándole el rostro, poniéndole agua en la cabeza, buscaba reanimarlo, levantarle las piernas, todavía tenía pulso, no le salía la voz para gritarle a la prima, agarraba al nene que por la tensión se había puesto a llorar y lo llevaba a la habitación a dormir mientras él seguía ahí, quieto, duro. No sabía que hacer.
Empezó a marcar el número del amigo enfermero cuando lo vio reaccionar, volviendo en sí. Cuando le contó todo lo que había pasado, que casi se moría, que ella no sabía que hacer, que llamó a cualquiera, que tenían que buscar un número de emergencias, que el nene se había asustado, Emiliano no pudo hacer más que sujetarse el rostro y ponerse a llorar, desconsolado.


III


“Cuando le ponen un nombre a uno es como si lo marcaran.
Algo de esto sentí cuando volví hace poco a Funes.
Allí nací, allí mis padres murieron uno a uno. Primero él, al poco tiempo ella y yo quedé al cuidado de mi tía. La morfina se los llevó a los dos.
Luego supe que mi casa, la que ahora ocupo, en los tiempos en que murieron mis padres, fue desvalijada por completo.
Al enterarse la familia del fallecimiento, fueron todos a la casa del centro que habían dejado sola, y se abalanzaron como buitres, repartiéndose los bienes o bien, disputándoselos como perros a un mismo hueso, sacando muebles, cubiertos, la platería de mi abuela materna, los pocos electrodomésticos y hasta las manijas de bronce de las puertas. La habían dejado pelada.
Con ayuda de mi tía, pude volver a empezar en esa casa.
No recuerdo mucho mi infancia en el pueblo, ella no me hablaba mucho de eso.
Vivir en la casa que una vez fue de mis padres, me hizo reencontrarme conmigo, con una parte que también yo era.
Ahora ya ha pasado un largo trecho pero al volver, como el personaje del ciego escritor, ese pueblo aún recordaba.
En esas calles, me enfrenté al estigma, al rechazo y a la enemistad.
Ni bien se enteraban quien era, o mejor dicho, cuál era mi descendencia, me miraban mal, me hablaban con monosílabos, me cerraban la puerta en la cara. Mis padres simbolizaban lo peor de lo peor, la bajeza máxima, la maldición eterna.
Yo, Caín, como si tuviera la marca en la frente, terminaba siendo la continuación, el paralelo de mis padres. En las mezquinas y cobardes mentes de esa gente yo era lo mismo que ellos, lo mismo de enfermo, de maldito, de basura despreciable. Yo había cometido un hecho aberrante, haber nacido de esa progenie.
A esta gente le parecían bichos demasiado extraños.
Tengo que comprender su miedo a lo desconocido, el contexto de hace unos cuantos años atrás. ¡ Imagínense a una pareja de morfinómanos en medio de este pueblito alejado de todo!”

El Profe:









- Bueno, soy el profesor suplente. Su profesor no pudo venir hoy, estaba enfermo - comienza la clase el diablo.
- Hoy hablaremos de ¨ la odiología ¨ - prosigue.
Los chicos miran extrañados.
- Sí, no me miren así, ¨ la ciencia del odio ¨, pero como siempre, se debe hacer una transposición didáctica, por eso, se los explicaré amenamente , sin tantas lógicas y teorías, sin tanto lenguaje técnico, es decir, para que lo entiendan.
A ver, pónganse a pensar en todo lo que hace daño y les agrada, todo lo que les gustaría hacerle a alguien, desde la simpleza de meter un petardo en la boca de un sapo y divertirte al verlo saltar en pedazos y que su lengua serpentee en el aire, hasta tirarle con una gomera a un pájaro, pero piensen en algo más allá, piensen en seres humanos.
Busquen dentro suyo, todos tienen el mal, el deseo de hacer sufrir a otro, el odio heredado, el miedo irracional que se convierte en asesinato.
¿ No les gusta ver películas de acción, de guerra, de hombres con pistola que se ganan a la joven más bella, disparar a cuánto se mueva, un cowboy, un gángster, un policía de Los Ángeles?
El sufrimiento los alimenta, recuerden eso. Cuanto más hagan sufrir, más vivos y felices se sentirán. El odio es indiscriminado. No hay razón, ni credos, sólo seres humanos odiándose por ideas absurdas que intentan ocultar el verdadero motivo, el mal que poseen a diferencia de esos otros seres de este planeta, movidos por instintos de supervivencia, pero la crueldad humana supera el alimento y el cobijo, allí hay otra cosa, ¡Es el placer! El placer que yo les... bueno, ejem, pero... no nos vayamos del tema.
¿ Qué dicen ahora? ¿Conocían o no conocían esa ciencia, alumnos? Creo que si han escuchado de ella, ¿No? Saben de lo que les hablo, ¡Vamos! ¡Levántense! ¡¿Qué esperan?! ¡ Pueden practicar lo aprendido ahora mismo con sus compañeros! ¡ A jugar! ¡A ver quién sabe más!
Los niños lo miran y luego se miran entre ellos. Los grupitos separados se unen, pero no por agrado, sino para la guerra.
Los niños, las niñas, todos en pelea. Crueles, levantan a uno con lentes, el más débil, entre unos cuantos más atléticos, fanáticos del fútbol, que lo tiran y lo patean insaciablemente. Después empieza la lucha indiscriminada, todos contra todos, motivados por la sangre del primer abatido. Empiezan a tirarse con sillas, a arrancarse los pelos, a estirarse las colitas las niñas e incrustarse las patas de hierro de las mesa los varones, que también luchan con lápices, lapiceras puntiagudas, tijeras, compases y borradores.
El diablo observa sonriendo la escena en sangre.
Escribe sobre el pizarrón el tema del día con pulso relajado y se va satisfecho al ver en silencio el aula.


FIN

Un sol pequeño:





Había una vez un hombre que caminaba y caminaba mucho, y tenía tanta suerte éste, que todos los días se encontraba una moneda de 10 centavos. Era el brillo iluminado y pequeño en el suelo, en un día soleado, o era la mancha de barro, diferente al cobre que la cubría, lo que en días de lluvia le hacía notar de que allí abajo, una moneda de 10 existía, sola, huérfana de anónimo bolsillo de saco, pantalón o de monedero de señora o viejecita, y era, esa moneda, la que había terminado con su recorrido por un rato, tirada, inútil u ociosa, en ese asfalto o pasto-tierra árida en los costados de la vereda, o dentro de la zanja, que no era impedimento para este hombre el de sacarla, y hasta que él la encontraba, era una moneda falsa, inexistente se sentía ella, libre, al no ser utilitaria, al no ser utilizada, al no ser una porción más de la maquinaria, pues es una compleja máquina la de las manos, los dedos, los brazos, los tantos que se mueven y cambian producto por moneda, billete por cambio, moneda por boleto, por tarjeta de subte, por caramelo para el nene, o la moneda que faltaba para llegar a una de litro.
Él las guardaba a todas, las coleccionaba por un tiempo, o mejor dicho, las ahorraba, pues ellas eran la salvación cuando había hecho mal los cálculos, y había gastado de más, al comprarse algo. Eran las que salvaban un viaje de bondi, eran esas que se encontraban en la parte del vuelto de la maquina, o en el suelo del pasillo, eran el 10 que de 65 pasaba a ser 75 centavos, cuando por maldita casualidad, los estipulados, se habían extraviado. Tal vez encontraba a veces, monedas que él mismo había perdido, como completando un círculo, un eterno retorno.
Cuando el hombre encontraba una moneda, en el momento en que sus dedos se acercaban, sus uñas ayudaban al desprendimiento con el suelo, él empezaba a pensar en el antiguo destino o poseedor de aquella, mujer en bicicleta que pasó apurada por la avenida y esa moneda resbaló del bolsillo del polar, que ya es de tener una enclenque resistencia para con los objetos que alberga, o era de un obrero que se tuvo que ir a pata o de prestado, al tener las monedas contadas, o eran el premio por el diente caído de un niño feliz con su regalo, que se perdió entre la corriente de gente y de luces, mientras pasaba por las calles tomado de la mano de su madre, y luego las lágrimas, no se volvieron de ese insensible cobre, ni siquiera, de la falsa plata, color gris brillante de las de 5 centavos, y tantas otras hipótesis al respecto, mientras erguía su espada al levantarse tras recoger la moneda hallada, que pasó miles de veces por tantos bondis, fue testigo ciego, dentro de la máquina, de distintos sucesos y hasta de choques y manifestaciones, se fue a Córdova, pero volvió en una alcancía de chanchito Porky a los barrios de Solano, se ensució con negra papa de manos de verdulero, fue de mano en mano en la feria, degustó tomates, lloró con la cebolla, y apestó a pescado, para terminar en riñonera de pibe que vende CDs grabados, y fumó con un viejo quiosquero de dedos teñidos de nicotina, cuando el pibe la despidió por un cigarro suelto, sirvió para abrir una lata de pintura, para escribir el nombre de su efímero dueño en la corteza de un árbol o en un asiento de colectivo, fue tirada por equivocación con otras monedas, ya sin valor ni utilidad, ya viejas, jubilados australes, anteriores pesos, entre las plantas del jardín Allí convivió con las lombrices y las hormigas y aprendió varias lecciones de vida. Quiso vivir allí, sacar raíces como las hermosas plantas con flores más bellas aún. Ella, se veía tan plana, redonda y opaca, cubierta de tierra seca, pero feliz se sentía cuando se limpiaba por la lluvia eterna y vital que comenzaba un ritual alrededor de ella, una maravilla de gotas corriendo entre las hojas, cayendo en sincronía perfecta, convirtiendo todo en una sola e infinita cosa, vida en pureza. Hasta que un día, la desprendieron de su paraíso, la tarde en que a esa tipa se le había cantado arreglar con un cuchillo algunas plantas, sacar y agregar otras, el caso es que la moneda volvió al tránsito, a la crudeza de la materia en corrupción, del traspaso, del manoseo, de la corriente podrida que no se detenía ante nada, que aunque agonizara seguiría, los músculos de la ciudad se retorcían, sus tendones también.
Él llegó a reflexionar en sus vuelos delirantes, que ella podría llegar a ser de la misma materia de una de las dos monedas que se colocaban sobre los ojos de los muertos para pagarle a Caronte, el barquero, para poder cruzar el río Estigia, hacia el país de la noche.
Pero un día, su suerte se trastocó en tragedia, como todo hombre, él era un animal de costumbre, el azar o su destino, una mano maquiavélica de Dios o de Diablo, lo hizo girar como a una moneda por el aire y lo dejó caer al suelo, pero él, desorientado, tumbado, entre mareos, no fue ni cara ni cruz, aunque no quiero adelantarme a los hechos.
Lo sucedido fue, que un día como todos, confiado transcurría por sus horas, minutos, segundos nuevos que devenían, sabiendo que, en algún momento, encontraría su diaria moneda de 10 centavos, de la cual tenía tantas teorías, que era como el Diego, el Diez en su espalda, que era como el 10 que una sola vez tuvo en la escuela, que era como un ying yang, uno y la nada, él y todo, el uno y el cero, y ya planeaba, como le gustaba hacer, entre lo místico y lo cotidiano, lo metafísico y lo corriente, los ritos de la religiosidad y los automatismos de lo rutinario, como sería el instante divino en que encontraría la moneda, sea en la calle, en la vereda, en el bondi, en la zanja, etc., por donde siempre circulaba de su casa al trabajo y del trabajo a casa, un constante círculo. Ya imaginaba que pensaría, que imagen le vendría, trascendental, al sujetar la moneda, verla y levantarla, como una ostia que se eleva y se santigua, y luego se lleva a la boca y se llena uno de Dios, de su carne y su sangre, de la carne del padre, del hijo, canibalismo primario, en este caso, el bolsillo y el capitalismo, desde el sedentario y el arado, del trueque a la compra y venta, la economía, la oferta y la demanda, el cobro y el precio, me pagan, me sacan, los impuestos, el liberalismo de Adam Smith, las concepciones del valor moneda. Imaginaba ya, que su anterior portador había sido un hombre que le dio esa moneda a un pibe de la calle que le cuidó el auto o le limpió los vidrios, o le dio unas estampitas con inscripciones amorosas y aunque éste no tuviera ni novia, filito ni esposa, solterón y mamero, por autocomplacencia le daría 10 centavos y le devolvería los dos cartoncitos con las impresiones de corazones y animalitos cursis. Pero en todo ese día, él, nuestro protagonista, no recibió de la suerte, ni siquiera un boleto capicúa.
Y así fue como se desquebrajó el sistema, el gran paredón se derrumbó por un solo pedazo de cemento que se salió, y el hombre empezó a ver como el rompecabezas se desarmaba por completo al faltarle una pieza, la perfección de todos los días, el calculo infalible, la ciencia exacta de poseer la suerte de la moneda encontrada, todo eso ya se había roto, perdido, pues él, ese día, no había hallado su pequeño círculo de alegría, su sol de vida, suyo, un don de la providencia.
Primero, pensó que se había averiado algo en la máquina perfecta de los tiempos y los espacios, de las casualidades o de las causas y los efectos Solo saber que el cuento no terminaría igual ese día, le generaba un tormento indescriptible, se sentía vacío, solo, dolido, como si le hubieran arrebatado la manta con la que se aferraba antes de dormir cuando niño Se sentía desprotegido, como si le faltara alguna extremidad o se hubiese despojado de él una divinidad indiferente y fría, se sentía como abandonado por un amor al que le había dado todo, aunque eso nunca a él le había ocurrido.
Al principio, intentó, solo intento tomárselo con calma, ver con otra cara el día, pero siempre terminaba encorvado, mirando sin parar para abajo, haciendo excursiones por las calles, peregrinaciones en búsqueda de las abandonadas monedas, las perdidas maravillas circulares, no observaba nada más. Todo el tiempo mirando el suelo, no importaba que la vida siguiera su ritmo, su rumbo, continuara, no importaba nada, ni la gente que pasaba, interrupciones que entorpecían el observar bien, entre las piernas andando, los rincones de las veredas, entre la basura de los cordones, entre las zanjas más oscuras, entre una baldosa y otra, o soñaba con la caída oportuna de una moneda de una viejecita o de un joven apurado por subir a un bondi, solo eran utilitarios, transitorios, el sol, los autos, las nubes atravesando el cielo, el mundo entero se le asemejaba a una plana moneda que lentamente giraba pero que ya no podía alcanzar, encontrar.
La desesperación llegó, se autoengañaba, dejaba monedas de 10 centavos de su sueldo de oficionista, diseminadas por la casa, y al otro día, por la mañana, encontraba una moneda en el baño, cuando se miraba al espejo, pero era falso y él lo sabía, no le decía nada ese encuentro, y la cantidad exagerada de encuentros, entre los muebles y los cubiertos, le hacían sentarse, y frenéticamente, ponerse a llorar.
La gota que rebalsó el vaso, fue cuando, una tarde caminando entre las calles se encontró, gracias al brillo del sol, con una reluciente moneda sobre el cordón, sus ojos brillaron, se encendieron de alegría, de éxtasis, y se abalanzó, ágil y veloz, casi como fiera sobre presa, entre el temor a que venga otro y la sostuviera y se tuviera que luchar por ella como por Helena, él haría toda una guerra por esa moneda. Pero aunque no tenía hernia, intentó e intentó levantarla del asfalto y no pudo, era una broma macabra del destino o de un flor de hijo de su madre que lo hizo a propósito riéndose de los tontos como él, que se volverían locos intentando sacarla, cuando este macabro creador de la artimaña, en el pasado la había colocado, a esa, de 10 centavos, sobre cemento fresco que ya se había secado. Intentó locamente liberar de su prisión tan dura y hermética a esa luz, entidad lumínica y circular. Ya pensaba en gastar lo que fuera necesario, no importaba, con tal de sacarla, comprar algún elemento en la ferretería, pues era de él esa moneda, él la había hallado, no sería como otros miles que habían caído en la trampa, que luego vencidos, se irían despacio y de reojo observando a ese encerrado ente celestial, él sería como Arturo, sacaría la espada de la piedra..., pero luego, el tropiezo con un caminante inadvertido de sus delirios místicos, lo despertó del trance, y lo vio sumido en la desesperación mas amarga, vio a ese objeto como a un objeto inútil, como un arte naif, bello, de decorado, una lentejuela clavada ahí, en el asfalto, como otro adorno más para la ramera, para el Elvis gordo rechoncho, con panza que cubre la adorada pelvis, y entonces, el hombre recordó, cuando chico, sintió dolor, como al ver a esos niños tirando con el aire comprimido a un pajarito que caía de su vuelo, cuando sus amigos de la infancia pusieron una moneda de 10 centavos sobre las vías del tren, con el cruel y extraño pensamiento de que con ella descarrilaría, pero al pasar el patas de hierro, fue él el que sintió angustia, como cuando se te muere un perro, porque al pasar el último vagón, ella quedó doblada completamente, casi tocándose ambos bordes, inútil, ya no serviría ni para comprar bombuchas para mojar a las chicas de la vuelta de su casa.
Llegó a caminar durante largas horas, en los subterráneos, en las estaciones de trenes, en las terminales de obnibus, entre el mar-desierto de gente, donde casi llegó a tirarse a la oscuridad de las vías por la ilusoria esperanza de encontrar allí la gloria que faltaba, y confundía chicles, colillas de cigarrillo, tapitas de cerveza, con su deseo más hondo y ansiado. En su andar vacilante, caminaba detrás, como hipnotizado, de esos viejos que van, con las manos en los bolsillos haciendo sonar las monedas junto con sus llaves, y ese sonido era como la espera de que una se escapara por el vaivén, que una asomara y cayera, para luego, como buitre sobre la osamenta, caerle encima con boca abierta y ojos para afuera.
Sus ojos se gastaron, dolieron, se pusieron en extremo rojos, de tanto fijar la vista en el suelo tan uniforme, tantas veces tropezó, cayó y volvió a levantarse, sintió insultos por no fijarse y chocar con alguno, pero él no llevaba ninguna carga más que la ausencia, la falta, esa era su cruz, y mal tenía la cara, pues no le importaba nada su vida aparte de esa moneda que deseaba encontrar, más allá de esa porción de tesoro pirata del asfalto.
Fue enfermando, anémico por no comer, no le interesaba, sucio por no bañarse, ni siquiera importaba la comodidad de su sofá y las tonterías que dirían hoy los diarios o la televisión. Se fue convirtiendo de a poco en un caminante vagabundo y errante, dejó su trabajo, durmió en las calles que lo veían y lo sentían en su paso enloquecido en búsqueda, con barba crecida, ropas derruidas por el paso de los días, los calores y los fríos, los zapatos rotos, el pelo largo, y el sueño del hallazgo como único camino.
Se sumergió en la miseria, fue un linyera encorvado, pero que solo le importaba ese objetivo insano, empezaron a darle limosnas, pero eso no era lo mismo, y actuaba con violencia contra esos que pensaban que al darle monedas lo ayudaban, como lo veían tirado ahí, descansando de su última expedición por las calles, como si fuera una jungla y esa moneda, la única, la gran ciudad del Dorado.
Un día, ya con alucinaciones, sujetando monedas invisibles y emitiendo risotadas estridentes y bruscas, sonriendo dementemente, agachándose cada dos segundos, con una felicidad de locura en los ojos, tenía visiones de una gran alfombra, un camino luminoso compuesto de monedas de 10 centavos, brilloso camino que llevaría al templo, a la verdad, a la idea, a la materia que era verbo, a la energía materializada, la gran divinidad esperaba al final del camino, pero como todo eso era solo dentro de su cabeza, él estaba transitando en línea recta por una vereda en donde los que pasaban debían esquivarlo y algunas viejas finuchis ponían cara de asco.
Lo malo fue, cuando su alucinante andar culminó en la puerta abierta de un bondi, y encima, con el último pasajero que había dicho: ”Un peso”, la unidad que resume al universo, y estaba para meter la moneda en la máquina, tan automáticamente como siempre, mientras el chofer lo marcaba, entonces, el miserable hombre se trepó con estridente chillido sobre el colectivo como leona sobre ñu, y viendo a ese pasajero como dador de la ostia santiguada, como el monje, el shaman con el peyote, con la mezcla de cactus con cobre, entre vegetal y metal, y le se abalanzó con su rostro y abriendo la boca, le arrebató con los dientes la moneda que era la conjunción de 10 de las de 10, que darían la clave de la perfección, el otro lado, el opuesto a éste, la sombra de la luz, a través del espejo, y se la tragó.
El pasajero miró atónito la secuencia, sin salir de su asombro, el chofer, más predispuesto por el stress del trafico a las peleas y a los arrebatos, fue el que viendo desde afuera la escena, arremetió contra el linyera y lo agarró de las sucias ropas y con fuerza se dispuso a sacarlo de su colectivo y pegarle repetidas veces en la cabeza como si así volviera en sí, entendiera la locura que había hecho o devolviera la moneda que se había ingerido. El vagabundo se paró como pudo, y ya venía el otro, que había caído de su espasmo, para también darle lo suyo, una paliza igual o mayor que la del colectivero, pero entonces, él corrió, empezó una huida entre las calles, fue perseguido unas cuadras, más por escarmiento que por querer llegar a un acuerdo, pues la devolución no sería más que revolver su excremento.
El hombre, sintiéndose aun perseguido por caballeros de una corte enemiga , dobló una esquina y entró a una galería, a un shopping, para él, un bosque tupido y lleno de maleza, donde se alejaría de esos jinetes oscuros montados en fieros caballos azabache, pero se encontró frente a frente con una inmensa fuente que se encontraba en el centro de ese bosque, se acercó sigilosamente como quien encuentra las aguas de la vida eterna, de la sabiduría, de la por siempre juventud, y vio diseminadas en el fondo azul, las diminutas monedas que la buena suerte augurian, que son el sueño de ese, esa, aquel y aquella otra, el sueño de ir, de volver, de estar, de no estar más, de que me diga que si, de que me vaya bien, o de que se cure la vieja. Vio su paraíso perdido, se sintió Adán frente al árbol de la vida, y se lanzó en encuentro de esas bellezas circulares, queriendo atraparlas a todas, escurridizas, vociferantes, como si cada una fuera un niño liberado de cadenas, bajo la celda de las aguas de esa fuente.
Concentrado en ese furtivo trabajo de liberación, alargaba sus brazos y sus manos sentían la esperanza, el deseo, los sueños de tantos, se sintió fuerte, poderoso, entendió lo que era ser un rey, un emperador, tener a tantas vidas en un puño, se sintió Napoleón, mientras que con ojos hambrientos bajo el agua, olvidando la respiración, sujetaba, cada vez más débil, cada vez más despacio, las monedas que ya resbalaban de sus dedos, que ya no alcanzaba a verlas, a palparlas, mojadas, y alrededor todo mojado, poco a poco, las burbujas, los cabellos fueron los primeros que ascendieron a la superficie, luego sus brazos y piernas los acompañaron, y las monedas salieron una a una de sus bolsillos y manos, volviendo a las profundidades azules en esa fuente de vida eterna que da muerte.
Las aguas siguieron corriendo aunque él ya estaba quieto, y esas aguas en ondas alrededor suyo, eran como el tiempo que sigue, que corre sin detenerse, sin rumbo o sin búsqueda, salvo por alguna, fuera del alcance de nuestra percepción, sin evidencia.
Como un cristo ensartado en una moneda de 10 centavos, él, brazos y piernas, desde arriba, Dios vería a su hijo, y esa fuente circular sería el crucifijo de este Mesías sin arenga, sin profecías, otro hombre más, muerto por su deseo, descontrolado, el oficionista vuelto un linyera por su sueño de una moneda que no encontraba y que siempre se le había dado, como una tía que siempre traía regalos o unos dulces cuando era chico, la suerte le dejó un día, como cuando él, al lado de sus padres, estuvo precisamente junto al cajón gris donde el cadáver que una vez fue dadora de chocolates, estaba allí, yaciente.

el silencio




Con tinta de polvo
Garabateo en el aire,
Le gano, tropezando,
Al silencio,
Su carrera
Por miles de partes,
Con mi oleaje de tinta
Y esa mujer virgen y blanca
Que se deleita,
Con cada roce,
Caricia y se excita,
Con cada beso mío
Y cada pequeñísimo mordisco
La hace erizar hasta el tuétano.
Ella tiene tantos rostros
Y yo solo el mío,
Pero tú siempre eres el mismo
Erigido por seres
De forjado martillo
Que golpean sin cesar
Yunques huérfanos,
Abandonados por ti,
Padre ebrio,
Ídolo de los desheredados
Y de los rostros secos,
De los inseguros
Y los acobardados.
En mi lectura de aire,
Entre las brisas,
Yo te manejo.
No te erijo ningún monumento,
Ya que eres natural
Y cotidiano,
Ya que eres sólo el espacio
Que me queda,
Entre palabra y palabra,
Entre saliva, entre papel y tinta
Entre oxígeno y mirada desinhibida,
Recolectora de lo que ya se encuentra,
Y que el sol
Sólo da brillo y forma,
Y se rehúsa a matar a ningún cuerpo
Aún despierto por su aparición,
Por su calor de eterno
Pensamiento humano geocéntrico,
Del mañana otra vez
Taparte y obrar,
Enterrarte y crear,
Desearte entre el agotamiento,
Abrazarte en los momentos
En que la mente aturde
A los seres no terrenales
Y afuera está todo dominado,
Reinado y gobernado por tu desierto,
De relojes solitarios y mudos,
De siestas hijas y de ciego polvo,
De mordida en el oído adecuado,
Atento al agua de tu sinfonía,
Para abrir tus velas y apagarlas,
Para necesitarlas erguidas
Cuando uno se sumerge en la distancia
De onírico viaje a la otra vida,
Que puede ser tan solo un retazo
De pestañeo centelleante
De despertar sin ganas o súbitamente,
En grandes caídas o por los rayos del sol
De abanicar y ondear
El vaivén de tus compases,
Sinfonía sin eco y sin destello,
Cementerio de palabras y de voces,
Acalambrar de ruidosos movimientos,
Cauterizar de sonidos dispersos
En las noches.
Yo prefiero el humo de mis versos,
Al aire puro de tu aliento,
Aunque al florecer
Sea margarita que se pudre,
Lo prefiero
Antes que a tu rosa sin producto
Y sin espinas,
De rojo color pálido y delicados pétalos,
Que al simple besar,
Se cristaliza.

lunes, 7 de diciembre de 2009

elegía a la FLIA

hay dias donde todo lo aprendido se borra y me desoriento entre la metropolis, tanto ruido y ansiedad de tanta gente y ese sacralizar de los momentos cuando me siento como en un viaje permanente y floto entre la insolación de un domingo temprano y entre las calles tangueriles de carteles que ya pasaron y ventanas con trapos que una vez fueron cortinas y la poesía fluia entre amigos de la bebida y palabras sucias y olor a maría con infaltable perro durmiendo debajo de uno de los puestos de los mil colores y los mil cuentos mientras unas chicas vendian pan casero sentadas a lo indio con bambula psicodelica y sonreían con el bebé con cresta en los brazos de su madre vestida de parches y la señora larva gritaba en jolgorio entre las aulas y otros contemplaban asombrados las máquinas mientras los de correpi hablaban de 5.000 muertes por gatillo facil y el policía en la esquina miraba con su rostro imperturvable y se recitaba y se compartía y no había abajo arriba y que mejor lugar para hacer una feria del libro independiente que en una grafica recuperada! no en exposiciones de agasajo eventual y obligado o entre carneros premiados en poleas. y vuelvo otra vez con mi mirada encendida a las casas chatas a los terrenos amplios y a los rostros secos de mi bondi sureño, pero desde esta periferia han venido mis versos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Los clavos, las piedras, los palos:

1

los clavos,
pecado tras pecado,
clavados en pies y manos,
crucificando al carpintero.
Los clavos
Que sostienen cuadros,
Fotos, retratos,
Entre el desquebrajar de pintura
Y el martillo lapidario.
Los clavos,
Tachuela en tu zapato,
Tornillo en tu cabeza,
Resorte en tus palabras,
Tuerca sosteniendo presas.
Los clavos,
Sosteniendo cráneos,
Cabezas colgadas,
Trofeos de la muerte,
Alfileres en las alas
De la mariposa ultrajada,
Lasa agujas que se clavan
En el ovillo de un gato.

2

las piedras, adornando
las canchas, tiradas
desde las tribunas,
en contra de los adversarios
y de los de palo de goma,
de los de bala de plomo
y púa en el estómago,
con rosario en el cuello
y revólver en los huevos.
Las piedras
Arrojadas desde la orilla,
Sapito en las aguas
De lago, de río,
Con amigos,
Tiradas como caracolas
Entre las olas
Que tragan gaviotas,
Y la espuma veloz
Que moja las arenas.
Las piedras
De brazos
Que esconden la mano,
De gomeras de saetas apuntadas,
De ventana que nadie abre,
De vidriera céntrica,
De sangre que cae
Del chichón de la conciencia
Y la carne asada
Por el raspar de ambas.

3

Los palos
de las protestas por el llanto,
por el hambre indigno,
por el ser y el sol.
Los palos,
entre dedos de borrachos
que golpean sin parar
los teléfonos públicos,
entre los que golpean sin parar
los rostros, los labios, los ojos,
machacando las narices,
las mentes, las denuncias,
las memorias, los carteles,
los parches de ropa rajada,
entre el aliento de los forcejeos.
Los palos
que sostienen la luz,
el tendedero del sol,
los arcos de empate eterno
y sacudido gol,
las cruces de estéril entierro
y de flor marchita.
Los palos
que sostienen la plantita
para que llegue,
que sostienen las paredes
para que llueva tranquilo
y que se arrojan al agua
como timones sin balsa.
los palos,
un báculo de hierva
o las patas de la mesa
pero ese palo ahí clavado
no crecerá ni dará siembra.
Los palos,
entre las gentes
están siempre elevados,
algunos sostienen pestes,
y otros pan y trabajo.
Algunos son más lustrosos
por haber bien apaleado,
descontando costillas chuecas
y esperanzas de bicarbonato.
algunos son más precoses
entre musgo y reseco pasto
con puntiagudos brillantes
entre plástico y neumáticos,
entre esqueleto de karting
y muñeca sin brazos
con pestañas rotas, aún abiertas
y barro, todo barro,
bañada está, como en seda.
Los palos
entre los puños de frenética marcha
y las piedras de constante picoteo
entre los cascos azules,
los caparazones de las bestias
que son menos que larvas,
muriendo despacio
en los hoyos solos de sus habitaciones
llenas de gritos y pedidos,
de súplicas de parar
y en su cabeza,
el resonar de palos,
el descarnar de clavos
y el chocar de piedras
prosigue en su sordo
y automático
reproducir de golpes
que achacan,
arrancan carne,
machacan,
desatan muelas,
prosiguen,
desprenden los tendones tensos,
¡Ya basta!
Su sangre fría
no desconecta los gritos
nacarados en la masa.
Corridas y descontentos,
marcados en todas partes,
en cada esquina un abatido,
un pedazo de carne,
gotas de sangre
en cada chaleco antibala,
entre los disparos a matar
y los pedazos que saltan,
entre las pancartas y las gomeras,
entre los clavos oxidados
apuntando a la pierna descubierta.
Los escudos sin alma
para los que nada dicen
y de nada hablan,
para los que nunca reciben
ni piedras ni palos
ni cruces clavadas
en sus puertas de cristal ahumado,
de reloj distinto
al de los ahogados,
y también distinto
al de los lobos
de luna enjaulada
y ojo fusilado.


4

Entre tanta historia ajena
y tanto dolor enajenado,
sin embargo,
se destila el clavo en la tierra
y da frutos el clavo reseco,
estancado como hachazo en el barro
y la piedra produce hongos
que se alimentan de la materia inanimada.
Se añeja la sabia del palo
y brota un tallito del clavo,
de la piedra nace un nido,
nido de fibras de raíz de árbol.
Y entre la piedra,
el palo y el clavo
tanto se ha derramado,
¡ Qué la piedra vuele como un ave!
¡Qué el palo crezca
y llegue al pico alto!
¡Y qué el clavo
dé raíces de alfileres
y fruto de tuercas,
junto con tornillos y flores
de oxidado aserrín!
Arco iris de carbón
clavado en la pared,
restos del polvo incendiado,
y esa ventana agujereada
como cíclope maldice
esa inmensa catarata
por la piedra de legaña.

lunes, 16 de noviembre de 2009

oscuro


estaba en el baño.ya se había abierto la bragueta, había escupido para sentir el sonido del agua e imitado el correr de la orina con los labios en chasquido y los dientes juntos cuando se cortó la luz.

dificultosamente, terminó de orinar y miró a ambos lados, como ciego, tratando de aferrarse a algo, el corazón le latía intenso, se movía para todas partes, se chocaba, como encerrado en la oscuridad de ese baño y recordaba, cuando niño, cuando todos alarmados gritaban cuando la luz se cortaba y buscaban alterados una vela, volvían al rudimentario fósforo y su pradre salía afuera para ver si era general o sólo eran sus fusibles y luego verse a través de esa llamita que zigzagueba entre las respiraciones exaltadas, los insultos al aire, las caras de miedo ancestral que los poseía y él se acordaba de ese libro enorme, rojo, de cuentos de hadas, y como le daba miedo cuando llegaba esa página donde un hombre en sombras abría una puerta sólo iluminado por la luz de la luna llena que delineaba su silueta y le daba tanto terror que pataleaba para que cerraran, alejaran el libro o pasaran rápido esa hoja y seguir a la tranquilizadora escena donde el gato, el perro, el gallo y el caballo atacaban al pobre incauto, no tan inocente, más bien el ladrón malvado que había entrado en esa casa de nuevo y asustado por lo que para él eran fantasmas, se alejaba despavorido para contar su azaña a los otros rufianes.

todo eso pensó, sintió, recordó en ese instante y se volcó de lleno a abrir la puerta y salir a la también oscura morada afuera, donde decidió más bien salir, ver las estrellas, disfrutar el escenario atípico de las veredas en penumbras y lasesquinas que se perdían a los pocos metros, como las sombras que transitaban como espectros premonitorios de tantas desgracias y la luna auscente no ayudaba.

al otro día, ya lejos de ese extraño miedo que lo invadió en el baño, ese miedo a lo desconocido, eso que puede aparecer donde no dominamos, donde no podemos ver. el joven se sentó en el claro, al lado de su ventana. el sol brillaba fuerte esa tarde y entraba iluminando sus ropas, sus cabellos, su equipo plateado de música donde escuchaba a sus dioses que lanzaban voces atronadoras entre el rayo de las cuerdas y esas notas eléctricas y el tambor del latido de la tierra le retumbaba en el pecho y se sentía bien, tranquilo, hasta que llegó el otro tema, esa balada, esa que con palabras que entendía le hablaban directo a él y le recordaban su desamor, su pérdida, y se sumergía muy dentro, muy profundo y era ese ayer aún más oscuro que la noche pasada, volvían los besos sin ganas, los reproches, los rencores, su voz bella y delicada, toda ella, entre esas notas que lo embrujaban al recuerdo de su amada. dioses inmisericordes, torturadores, reirían a lo lejos, altísimos, inabarcables, pero sabía que en verdad también ellos sintieron eso, ese malestar de oscuridad en el pecho, esa angustia de que te cueste el entrar el aire a los pulmones en karma de gérmenes y la muerte no era nada en relación a su dolor, a su nunca olvido.

se acostó en la cama cuando ya anochecía. no podía dormir, le costaba tanto, reaparecía, se revolcaba, volvía a aparecer, apretaba su rostro en la almuhada, se levantaba, caminaba, encendía la luz como si así fuera más calmo, seguro, acogedor, pero lo vencía el cansancio y como una pesadilla, ese rostro en sombras reaparecía, impasible, obserbándolo como pidiendo explicaciones, pero él era quien se había quedado con palabras en su boca y no había peor terror, nada que atormentara más que ese oscuro interior, incontrolable.

Set del DJ de lo que vienen:


inspirado en poema de civilización Maya.



ofresco, ofresco florida hierva.

iré yo a la casa del sol!

es hermosa y muy rica.

fui ya a ese gran lugar!

oh, nadie siente la vibración,

la flor aterciopelada del acido.

convido mis frescos cogollos

que dan fragancia embriagadora

entre las rondas.

cada vez que el sol

vuelve al cielo caleidoscópico,

mi alma se entristece,

ojalá fuera eterna la noche!

ojalá estuviera pintado yo

y pintara a todo gris hombre y mujer

de las calles sucias!

sobre el pasto toca el DJ

de los que vienen!

tantas drogas! de todos los colores,

tantas alucinaciones,

que se celebre la fiesta psico!

oh, dioses de las consolas

que haya danza a pleno, extaciado trance,

esta es la casa de la locura.


sobre la parada tornasol aún estamos de pie,

rodeados de azules cobanis,

y junto al agua de zanja está ahora

el que vagó entre las nubes expléndidas.



paráfrasis a Pablo Neruda


todos los objetos me miran

con sus manos de Pilatos

y en la mesa, el vaso

donde naufrago.


tu voz aún resuena,

meto mis dedos en la boca

de la noche de afuera

que me lame ventosa.


dónde estás, loca?

brilló el mar

más allá de las rocas

donde chocás?


no puedo cambiar,

soy sólo deseo,

soy lejano andar

y siempre vuelvo.


perdoná, quiero que vengas,

quiero dejar la flor podrida,

volver a los besos que quedan,

que pueden andar, aún con vida.


quiero volver a tocar

tu carne florida,

volver al esfuerzo vital,

al apenas sentir tanta alegría.


pero es tarde, ya lo sé,

nos ganó la velocidad de internet,

la calle naufragio. nos perdimos

en este infinito acartonado.

distención:

¿ La completitud
está en el verso
que no fue?

¿ La gran felicidad
está
afuera?

¿La visión
trascendental
sucede mientras
comes guiso
de lentejas?

jueves, 12 de noviembre de 2009


"Es necesario explorar sistemáticamente el azar" Censier ( )

ARTAUD

  • El mundo fisíco todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye. Pero algo sucedió de golpe. Nació una aborrecencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro. Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba. Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos. La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado. Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche. La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas...
(...)




Uccello, mi amigo, mi quimera, has vivido con ese mito de pelos. La sombra de esa gran mano lunar donde imprimes las quimeras de tu cerebro jamás llegará hasta la vegetación de tu oreja, que gira y hormiguea a la izquierda con todos los vientos de tu corazón. A la izquierda los pelos, Uccello, a la izquierda los sueños, a la izquierda las uñas, a la izquierda el corazón. Todas las sombras se abren a la izquierda, naves, como orificios humanos. La cabeza recostada sobre esa mesa donde toda la humanidad se tambalea, qué otra cosa ves que la sombra inmensa de un pelo. De un pelo como dos bosques, como tres uñas, como un pastizal de pestañas, como un rastrillo en las hierbas del cielo. Estrangulado el mundo, y suspendido, y eternamente vacilante sobre las llanuras de esta mesa plana donde tú inclinas tu cabeza pesada. Y a tu lado cuando interrogas los rostros, qué ves sino una circulación de ramificaciones, un emparrado de venas, la huella minúscula de una arruga, el ramaje de un mar de cabellos. Todo es giratorio, todo vibrátil, y qué vale el ojo desprovisto de sus pestañas. Lava, lava las pestañas, Uccello, lava las líneas, lava la huella temblorosa de los pelos y las arrugas sobre esos rostros colgados de muertos que te miran como huevos, y en tu palma monstruosa y llena de luna como de un alumbrado de hiel, aquí tenemos todavía la huella augusta de tus pelos que emergen con sus líneas finas como los sueños en tu cerebro de ahogado. De un pelo a otro pelo, cuántos secretos y cuántas superficies. Pero dos pelos uno al lado del otro, Uccello. La línea ideal de los pelos intraduciblemente fina y repetida dos veces. Hay arrugas que dan vuelta a las caras y se prolongan hasta el cuello, pero bajo el cabello también hay arrugas, Uccello. Por eso puedes dar toda la vuelta a ese huevo que cuelga entre las piedras y los astros, y es el único que posee la animación doble de los ojos.

ANTONIN ARTAUD

las expectativas del ogro





la tierra tiene piel y la piel tiene enfermedades, una de ellas es el hombre.
Friedrich Nietzsche.

martes, 10 de noviembre de 2009

poema n* 0

todo está roto
quemado,
sucio
no hay un buzo que safe
me duele el marulo,
salgo
a ver si pasa algo
si me cruzo
con lo que estoy buscando
y mañana otra vez
es nuevo el mundo.

poema n" 1

observo las luces,
el cartel de 7 up,
veo la geopolitica
yanqui protestante,
latinoromano,
la tecnologia donde
sin embargo
aunque con mp4
el hombrese sigue matando,
quiere llegar
a un dia mas,
se alegra si llega
sano y salvo a casa,
pero en verdad
llega filtrado
y cansado,
persecuteando
al abrir la puerta
al caminar,
enfermando,
y nada tiene paz
y mi ser es una esponja
con tantos poros
con tanto vacio,
agujeros,desamor,
desesperanza,
soledad,
hastio.

poema andado

bocinas
combulsión
todos a congreso
mi sangre hierve
el cemento
la estación
obreros al poder
rojo
no mires atrás
loco
que belleza
para masticar
puente carteles
pintadas
militando
en los cafés
la que sacude las moscas
de las tortillas
asiéndose
afuera del tren
293
piba sentada
que lee para
una materia
que olvidará después
remarca ideas ajenas
y fastidiosa mira
para afuera
vidrios que reflejan
otoño sin amor
bocinas
combustión
belgrano y maipú
sistemas
tipo tirado
apertura
cana en la esquina mirando
avellaneda
nena jugando en la escalera
construcción
remis aqui
diarios revistas
dvd
gente subiendo a montón
convinar, coordinar
bilingue
por favor
ni hablar
pijamas
reservado
fogoneros
fuera
ejercito
guardia imperial
nueva
municipalidad
cobertura
caños de escape
préstamo
oferta
basta
de culpar
clarín
miente
mafia o pueblo
kiosco
computación
renacer
trajedia
el tano
no pode
flores
prohibido
palacio
new l y m
telefono
lanares
jp
pedilas hoy
la plata es nuestra
es contra el pueblo
abajo el trabajo
preparate a verlo
block
acceso
rock
huestes
el paro del campo
a la ciudad de
unión
larralde
polarizados
rojo capo
basta de zurdos
cigarrillos
vendió
sandro
parrilla
baterias
hierros
aves de lirio
lopez
pepsi gol
fundación vida
el trabajo sirve para
es simple, solo
parada linea
distribuidor
respete los
vende
victoria
heladería
carnes
espiralado
vacio
mat. electricos
hospital
entrada exclusiva
dirección obligatoria
peatones
un cielo que raja la tierra
una fogatita de hojarasca
capillita del gauchito
gracias
san expedito
facilitamos
juntá tus tapas
voces tapadas
por motor y chirrido
de ventanillas.
y después dicen que nadie lee.
parcialmente,
porque es sólo una mano,
estoy leyendo todo esto.

noche de ayer

- decime, qué te parezco yo? dale...qué pensás de mí realmente?
-bueno...sos un gran amigo que me mostró otro camino en un tiempo para ser lo que soy ahora de alguna manera y que todo bien, yo que sé.
-tss,... sos un cobarde- me dice y se me avalanza. amaga a pegarme. dice:
-pum!
se rie. yo me rio.
- te imaginás que uno se caliente así?
-jaja
-jaja
mientras, los perros corrían, narcotizados por las ruedas de los autos. los perseguian media cuadra y retrocedian a beber el agua de la zanja o de ese caño que perdía, ahí, en la estación, donde, mirando cagados de frío, no nos quedaba otra, esperábamos el bondi a las dos de la matina un domingo de helada, pero nos divertíamos como podíamos, nos retrotraíamos a los años dorados, a las chicas de esos tiempos y lo que había sido de ellas si es que aún lo sabíamos, recordábamos viejos atracos, apodos, borracheras, sexo en extraños lugares, fumar faso disimulado en un pucho en la panchería, y uno de los perros, el campeón de las olimpíadas de la hirigoyen, hacía detener coches, se les ponía enfrente y masticaba las luces.
tendría poca vida, de esta no salía, decíamos nosotros y los perros corrían a un nuevo incauto, esta vez unos pendejos que con una botella vacía le querían hacer frente y estúpidamente les gritaban a los que nada entendían, sólo colgados en las yantas, en la circundante y endemoniada, la gira que te gira y ese petizo les ganaba a los coches arrancando con ellos en el semáforo y luego venía, aún agitado, a pedirnos unas 9 de oro, hasta que el bondi vino y nos fuímos. dejamos atrás las caminatas para mear, los que preguntaron la hora, las que preguntaron si venía todavía, los que pidieron fuego para un porro y los que dijeron que hasta las cuatro no caía.

lunes, 9 de noviembre de 2009

imágenes que pasan


él se aleja

del bullicio

de la avenida céntrica

y vuelve a escuchar

a los pájaros

que remolonean

aún en las ramas

entre su cántico

de despertar al alba

y vuelve a su suburbio,

cruza los grandes chalets

y los territorios perrunos

y ladra él también

entre su mamúa

y tropezando

llega al rancho,

otra noche

caminando sin rumbo,

otra noche

con las manos vacías

de aroma sagrado.

un viajesito

recuedo, ya hace mucho, cuando volviamos con un amigo de esas salidas nocturnas por capi que hace tanto no retorno, y andábamos entre autopistas, paredones y él, con un TARAÁN!! me pesentaba la ciudad, haciéndose el experimentado, yo estaba volado, sí nunca lo había estado tanto, y observaba el sinfín de edificios y de avenidas como si fuera la primera vez, el sol dilataba las distancias y aparentaba la eternidad de las calles y hacía brillar las veredas y vidrieras y los vidrios de ventana de edificio que reflejaban el celeste cielo y la nube blanca que pasaba y chispeaban los pocos verdes cuadriculados entre rejas negras con final en punta y un taxi que serpenteaba amarillento y entre tanto, un rojo ascendente generaba un hoyo en el cemento que daba profundidad al gris ambiente circundante, para luego volver a su tono plano, y mis pupilas, partes del brillo, para mí invisible, sentían de nuevo el cambio, al lado mío, las paredes se retorcían, mareas de yeso, fluía todo a un tiempo, desde la esquina hasta el cielo, la misma simetría, y yo procuraba desdoblar el día, me clavaba en un graffitti descascarado y con fuerza, lo hacía repiquetear en silencio contra sí mismo, mientras mi compañero sonreía al verme en el intento de doblegar la materia con mis adentros. GAR

una noche en quilmes oeste

me estoy siempre yendo y siempre aqui, inerte, con fantasmas que repelen toda luz, todo augurio. aburrido, sin hacer, sobre las calles nuestras y libres, entre las luces azules, el humor del humo y las chicas que van a elsieland, y somos dos boludos acá, sentados, colgados, esperando a que salga una movida de un pedazo, y mientras, hablamos, me cuenta del lobo estepario, que tengo que leer eso, ya! y luego aparece el delivery y él se va y me quedo solo por un rato, allí, la angustia del asfalto de calchaquí me atropella el alma y los jóvenes bajan del bondi que viene de pereyra con conservadora en mano y algun pibito con futbol bajo el brazo, y pasan unas de esas que dan para chiflar, y luego se sienta a mi lado una piba, que ella sí que espera de verdad el bondi, y ahí, sentí la pena de no ser caradura, de no poder decir nada, aunque gustara, como si toda la sociedad, como paredón, me lo impidiera, con bayas, alambres de púa y francotirador a la testa, y luego, veloz, con mi angustia, se fue, paró un 257 y nunca más la ví, aunque fue solo una escencia lo que sentí, me hizo saber que estaba vivo y observé luego un conjunto gris sobre el cemento, al acercarme era un perrito acurrucado sobre afiches despedazados por la lluvia pasada o por la bronca reiterada a villordo o a kristinita, entre el vómito de engrudo sobre las paredes repletas de papeles del bingo anclado hace tiempo y luego, él se dió cuenta de mi presencia y levantó su olfato a mí, nos saludamos, yo palpando su cabeza y él quedándose, feliz. una vieja miraba con desagrado, veía en él sarna y garrapatas, era siempre sucio callejero en ruta, ¡ pero era tan grande! su mirada era mundos mucho más profundos que los míos y su vida se dirigía a horizontes más plenos que los de esa vieja, y con esas caricias era todo, y yo sabía también, igual que él, de ausencias, sólo que el recuerdo hacía que mis noches y días sean infierno y mientras como, cago, pienso y leo, mientras solo ando, el efímero hoy que es el ayer, es tan certero que no puedo aveces remar, aveces seguir adelante y solo ahora estoy en una parada de la espera con perro que se hace mordedor de a poco, como todo ser que vive, quiere más plaser y yo ya no estaba acariciando sus orejas y despues, viene el otro él, el primero, mi amigo y nos vamos con el 25 para otro lado, pero el perrito nos sigue hasta que la puerta se cierra tristemente en mi casa.

los heroes caidos


nada que temer

la blanca arena
en la playa
de mi mesa.
el canto indiscutible
de los recibidores
del que siembra
el olvido.
el polvo
me recuerda a dios.
el humo es el eco de mi boca.
la ceniza,
la viruta de la vida,
el fleco de los días,
la canción bienhechora
que termina
prometiendo volver
entre los sordos parlantes.

hola a todos a todo se vuelve alguna vez

día tras día mi vida se diluye entre pesares, bellezas y alegrías, noches en las que acuesto mi alma con espinas y cuesta dormir y vuelco y giro porque pinchan, pero tambien hay noches en las que, con expectativas, duermo con una sonrisa y hay mañanas en las que vuelvo a deprimir, a cansarme, a costarme levantar de la cama confortable que no me da nada, sólo pesadez y sensación volátil que al levantarme olvidé y ya no arden las llamas vivas de los sueños arcaicos de la infancia donde tocabas por primera vez un árbol. y otra vez la noche con los problemas que arrastra como carro, deshechos, resabios del día ya gastado como sol que ya vuelve a esconder sus pasos. y la mañana llega luego de ver para adentro, pero ya no están esas ganas de nuevo día, no quiero levantar, comenzar de nuevo, tardo tanto en salir del útero, no quiero volver a empezar otra vez las penas varias, el siempre igual después y los tantos cuentos que se acaban.

viernes, 22 de agosto de 2008


hola a todos toodos los q pueden leer pues es todo el mundo disponible... espero

hoy comienzo mi blog de verdad esto es nuevo para mi sincerament antes tenia una cierta paranoia o desconfianza a la red ahora me suena util me parece q se pueden hacer varias cosas como escuchar musica cara libros comics caros je, gratarola me gusta leer si y escribir y dibujar y ver de todo un poco espero q les guste lo q proximament pondre escritos pensamientos mios y de otros conocidos o no todo va por dentro importa lo q se sienta al transmitir y al decodificar y algun dibujo o historieta tambien voy a mandar cuando entienda com ja suerte hablamos